Adiós a mi ángel favorito
¿Cómo despedir a una madre?
¿Cómo encontrar palabras cuando toca decirle adiós al ser mas grande del universo?
Porque una madre está en todo.
Está en la comida caliente de la infancia.
En los recuerdos más felices.
En la voz que corrige.
En la mano que protege.
En la oración silenciosa de cada noche.
En los sueños.
En el carácter.
En la moral.
En las ideas.
En las pequeñas cosas que uno cree propias y que en realidad nacieron de ella.
Y cuando llega la noticia…
cuando empiezan los días grises de vivir sin mamá…
uno siente que el peso del mundo cae encima. No hay fuerza para soportar el impacto.
Intentas encajar el golpe.
Pero no es fácil. El dolor se escurre por cada resquicio del alma. Hay dolores que no rompen el alma, pero sí la transforman para siempre
El dolor más grande de mi vida fue sentir cómo mi madre se me iba entre las manos y descubrir que hay batallas que el amor tampoco puede ganar.
No sabes por dónde empieza el duelo.
Sientes que todo se desmorona por dentro.
Que el dolor es más grande que la voluntad de pelear.
Porque despedir a una madre es despedir una parte vital de uno mismo.
Mi madre fue una mujer sencilla.
Noble en sus actos.
Bondadosa en su manera de vivir.
Dueña de una caridad cristiana silenciosa, auténtica, sin presunción.
Una mujer honesta y buena.
Fue una madre amorosa.
Entregada completamente a sus hijos y su esposo.
Siempre pendiente de nosotros.
Siempre queriendo sentir nuestro amor cerca.
Siempre preocupada por nuestro bienestar y futuro.
Mi madre nos sembró con el amor que se cuida una planta.
Y crecimos gracias a todo lo que ella nos dio.
Detrás de muchas bendiciones de nuestras vidas, estaba ella rezando un rosario.
Detrás de muchas puertas que se abrieron, estaba ella orando en silencio.
Detrás de muchos momentos difíciles, estaba ella pidiéndole a Dios que nos cuidara y diera fuerza. Mami dame fortaleza.
Y esa fe que tenía…
era una fe pura.
Sencilla.
Luminosa.
Una fe como la de los primeros cristianos.
Sin arrogancia.
Sin artificios.
Solo amor por Dios, amor por los suyos y por los que lo necesitan.
Recuerdo cuando yo era niño y esperaba las notas del colegio.
Yo temía que me regañara porque me iba mal en matemáticas. ¿A quien no?
Pero ella llegaba feliz porque me había ido bien en ciencias sociales o en castellano.
Porque le había escrito un cuento muy bonito o la profesora la había felicitado porque me había comportado bien.
Ella veía primero lo bueno.
Ella veía el alma antes que el error.
Recuerdo también las madrugadas de Navidad.
Cuando nos despertaba con villancicos.
Y la casa parecía más cálida.
Más viva.
Más hogar.
Recuerdo también la lucha libre entre hermanos que se salía de control cuando pequeños.
Y ahí aparecía ella.
A regañarnos.
A separarnos.
Pero siempre dejando un pequeño guiño de amor y condescendencia para su hijo hombre.
Porque así son las madres.
Corrigen con firmeza, pero aman incluso mientras regañan.
Y qué corazón tan grande tenía.
Lo demostraba hasta con los animales.
Con nuestros perros.
Con los gatos que recogíó y cuidó toda su vida.
Con el endemoniado Paco.
Con el dormilón de Pancho, que siempre buscaba acostarse junto a ella.
El amor de mi madre no era un discurso.
Era una forma de vivir.
Era también una mujer alegre.
Le gustaba reír. Conversar.
Molestar a los suyos.
Compartir con sus hermanos, sobrinos y primos.
Entregarse a quienes amaba.
Fue una gran madre.
Una gran esposa.
Una gran hermana.
Una gran amiga.
Alguien me contó hace poco una historia que jamás olvidaré.
Me dijeron:
“Siempre recordaré a tu mamá como esa mujer bonita que me tomaba de la mano para llevarme a la iglesia cuando yo era monaguilla… y siempre me daba algo de comer.”
Y pensé: esa era exactamente ella.
Una mujer que llevaba de la mano.
Que acercaba a Dios.
Que alimentaba.
Que cuidaba.
Séneca decía que el amor hace inevitable el dolor, pero que recordar con gratitud a quien partió es más noble que vivir consumido por la pérdida.
Y hoy entiendo esas palabras.
Porque sí… duele.
Duele de una manera difícil de explicar.
Pero qué privilegio tan grande haber tenido una madre así.
Qué privilegio haber sido amado de esa forma.
La vida es un soplo breve y frágil.
Aún siento tu mano aferrada a la mía durante ese último camino hacia la clínica. No quiero soltarte mami. Una parte de mí se quedó en ese instante.
Ahora ella vivirá en nosotros.
En cada oración.
En cada acto bueno.
En cada recuerdo.
En cada momento hermoso y difícil.
En cada gesto de amor hacia los demás.
Vivirá en nuestras virtudes.
En nuestra manera de cuidar.
En nuestra forma de caminar.
Y también vivirá en nuestra obligación de hacerla sentir orgullosa.
Porque el amor verdadero no termina con la muerte.
Yo siempre he sentido devoción por San Miguel Arcángel.
El príncipe de las milicias celestiales.
El guerrero que, como narró el poeta inglés John Milton, encabezó la lucha entre el cielo y el infierno del lado del bien.
Pero hoy entiendo algo más.
Durante toda mi vida tuve un ángel tutelar a mi lado.
Y era mi madre.
Ahora el cielo se ha llevado a mi ángel favorito.
Pero también sé esto:
detrás de cada bendición seguirá estando ella.
Ahora su poder es más grande.
Ahora vela por nosotros desde la eternidad.
Ahora habita en la luz de Dios.
Nuestra fe transforma la ausencia en esperanza.
Hoy te unes a mi papito Jaime y mi mamita Marlene.
Y aunque hoy comiencen los días grises…
aunque el alma tiemble…
aunque el dolor parezca insoportable…
Gracias, mamá.
Gracias por todo.
Te amo para siempre. 🤍

